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PostHeaderIcon Berlinale 2012, Día IX: La violencia terrorista africana entra en las apuestas por el oso de oro

En el último momento, "Rebelle", de Kim Nguyen, otra sacudida de ferocidad cinematográfica, ha logrado hacerse un hueco entre las favoritas al Oso de Oro. En cambio, GNADE, del alemán MatthiasGlasner , no debe de optar ni a billete corto de metro.

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GNADE, de Matthias Glasner (Sección Oficial)

Nota: 3

Uno de los nombres fundamentales del denominado Nuevo Cine Alemán, MatthiasGlasner, nos ha ofrecido la que, hasta la fecha, es su obra más floja. GNADE es, en líneas generales, una obra muy ambiciosa en intenciones reflexivas y emocionales. Postulaciones de partida, que, durante los dos primeros tercios del film, logran ser expuestas con cierta convicción, pero que, debido a un final completamente inasumible, se van al garete de muy sonrojante forma.

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La película parte con un brusco cambio en la vida de una familia alemana. Debido al trabajo del padre, su esposa y su hijo se verán obligados a dejar su país de origen para ir a establecerse los tres a la remota Hammerfest, capital noruega sita en el punto más occidental del Océano Ártico: un inmenso confín helado, casi todos los días del año iluminado por la tenue luz del amanecer.

Pese a que podría pensarse que la película va a tratar el tema de la adaptación a ese núcleo geográfico diametralmente opuesto al habitual, GNADE, mediante un abrupto salto temporal con respecto a las imágenes contenidas en el prólogo, reniega de esta posibilidad situándose meses después a la llegada, allí, de Niels, Maria y Markus. Niels se halla en la plataforma petrolífera en que ha sido contratado, maria trabaja en la sección de enfermos terminales del hospital de la ciudad, y Markus acude a escuela.

Muy pronto, sin embargo, acaecen tres apuntes narrativos que concretarán la atención del espectador: la amistad de Markus con un atrevido compañero de clase, una impetuosa relación extramatrimonial de Niels con una compañera de trabajo y, sobre todo, un accidente de coche nocturno que tiene María.

Cansada, de vuelta del trabajo, nota que su coche ha golpeado con algo. Detiene la marcha. Se le apoderan los nervios. No ve nada por el retrovisor y sigue hasta casa. A la mañana siguiente, los periódicos locales confirmarán que una adolescente ha muerto atropellada y no hay señal ni testigo alguno del coche que cometió el fatal percance.

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GNACE, a partir de ese momento, se postula como una indagación en ese frágil y punzante territorio de interior que es la culpa. El azar como detonante de esa flagelación en la conciencia. La obligación moral de callar lo ocurrido o confesar las culpas y apechugar con las consecuencias. Y también la capacidad de superar el silencio, asumiendo que no hay asomo de voluntad en el funesto acto cometido.

En ese punto, sorprende la férrea convicción de María y de cómo argumenta el entrenamiento emocional de altura al que le lleva el día a día de su trabajo en el centro médico. El film bucea entre las dudas de una familia en la que todos deben pedir perdón por algo.

Sin embargo, como ya ha quedado dicho al principio, las no pocas consecuciones acumuladas hasta ese momento, se hacen hielo picado, debido a una cierta paralización en el desarrollo de los contenidos, a una reiterativa exposición de las distintas posturas y, fundamentalmente, a unos veinte minutos finales misericordiosamente abyectos e inverosímiles. Con diferencia, las dos secuencias peores vistas en esta notable Berlinale.

REBELLE, de Kim Nguyen (Sección Oficial)

Nota: 8.5

Cuarto film del joven cineasta nacido en Montreal (Canadá), Kim Nguyen, REBELLE ha tenido el honor de cerrar la Competición Oficial por la puerta grande. Por la puerta grande y desgarradora de un umbral que, de inmediato, nos asoma al epicentro del horror humano: el instinto maligno del hombre llevado hasta sus más repugnantes consecuencias. La guerra en el lado más feroz de su ya inherente e insana ignominia: grupos de mercenarios terroristas africanos capturando niños para sus tropas asesinas.

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La secuencia de apertura es inhumana: sin más dilación que unas breves imágenes de la protagonista, en las que vemos como le están haciendo unas trencitas en el pelo, mientras una voz en off exhorta una especie de confesión estimulatoria sobre un motivo de supervivencia, a continuación se nos sitúa ya en pleno ataque de un grupo armado que, en canoas de madera motorizadas, desde un río, irrumpe en la tranquila pobreza de un pequeño poblado.

Confusión, tiros, intentonas de huida, cuerpos abatidos, la joven es atrapada y, de súbito, una imagen nos la muestra a ella llorando, mientras el comandante de los cruentos asaltadores la sitúa en el más atroz de los dilemas: le da una metralleta y la obliga a matar a sus padres, amenazándola de que si no lo hace ella así, lo hará el a golpe de machete. Ella se niega. Los padres se lo imploran. Entonces Komona, ese es su nombre, aprieta el gatillo.

Desde ahí en adelante, el severo posicionamiento del realizador canadiense no va a hacer sino ser la sombra de Komona en su obligatorio itinerario militar y homicida. Nguyen cuaja una hondísima radiografía de esa inocencia masacrada por el íntimo convencimiento de una supervivencia que habrá de ser lograda a cualquier precio. La cámara se adhiere tanto a la joven africana que casi podríamos decir que se convierte en su aliento.

REBELLE es el frontal retrato de una valiente con causa situada en los estercoleros del mundo. Cámara en mano, dejando que la luz, el miedo, los olores, la incertidumbre, las aguas, la pobreza y la masticable sabiduría ancestral que configuran el violentísimo enclave congoleño arrasen de verosimilitud nada tramposa todos y cada uno de los planos que componen su película, Kim Ngyen ha pergeñado un film que escuece cual boca de rifle recién disparado a bocajarro.

A la verdad, a veces, no le queda otro camino más que dispararse.

 

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