SITGES 2012: Martin McDonagh apunta muy alto con la magnífica "Seven Psychopaths"
El catalán Òscar Aibar naufraga con la insatisfactoria EL BOSC. En “Noves Ficcions”, el indonesio Edwin presentó su desconcertante POSTCARDS FROM THE ZOO.

SEVEN PSYCHOPATHS, de Martin McDonagh
Nota: 8
En 2008, el dramaturgo londinense Martin McDonagh debutó como director de cine mediante una notable rareza titulada ESCONDIDOS EN BRUJAS. En ella quedaba constancia de que la mezcla de tonalidades y géneros era una labor y un objetivo en el que se movía con una pericia nada desdeñable. Aquella historia de gánsteres en obligado reposo y al borde de su propia conciencia lograba que la inesperada mixtura desde la que partía (comedia negra, drama, cine negro) no sucumbiera en el desequilibrio contra el que con mucha facilidad se estrellan quienes deciden inmiscuirse en ella.
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SEVEN PSYCHOPATHS ahonda osadamente en esa particular experiencia narrativa. El film propone una estructura interna muchísimo más compleja que la de su ópera prima. Por fortuna, McDonagh sigue acreditando el forjado pulso observador impuesto allí impuesto y sale indemne del intenso riesgo que una prueba tan difícil como esta conlleva. A la suma de géneros antes enumerada, en esta ocasión hay que añadirle un constante juego espacio-temporal, dentro del cual, a conciencia, se pone en cuestión la verdadera naturaleza de los acontecimientos. A la intransigente ironía contemplativa que dirime la puesta en escena privilegiada, se le suma el jugoso desconcierto de la credibilidad de los hechos visualizados. La película es una madeja de autoreferencias, de giros y de recolocaciones narrativas, en la que el espectador actúa en calidad de testigo burlado con calculada honestidad.

El protagonista de la historia es un guionista de films alcohólicamente atascado. Marty debe concluir el que debe ser el trabajo definitivo de su carrera. Sin embargo, por más que lo intenta no logra siquiera arrancar un guión del que sólo tiene escrito el título –SEVEN PSYCHOPATHS- . Su mejor amigo, un descerebrado actor de cine que, junto a un viejo compinche se gana la vida secuestrado perros gracias a los cuales cobran la recompensa prometida por los amos, intenta ayudarlo contándole historias en principio irreales sobre sesudos psicópatas asesinos. La existencia de los tres se complica cuando caen en la cuenta de que uno de los perros capturados pertenece a un mafioso sin escrúpulos que siente verdadera adoración por su mascota.
La película es un disfrutable ejercicio cinematográfico en el que brillan poderosamente las excelencias de un soberbio guión. El esqueleto escrito que le da soporte es ambicioso, insolente, sorpresivo y sólido. El fluido de acontecimientos está trufado de requiebros y de soluciones rocambolescas, que en ningún momento sucumben a lo gratuito o a lo insubstancial. El film es desinhibido, mordaz y ocurrente, pero no caprichoso. El humor distanciado y constante ya saboreado en ESCONDICOS EN BRUJAS vuelve a actuar otra vez como elemento esencial de la función. La trama va saltando con admirable sinuosidad desde los sucedidos que atañen a los personajes hasta los que pertenecen al plano de la ficción que el guionista va definiendo en su proyecto, pasando por los que cuentan el resto de personajes. De ese complejo engranaje de ilaciones narrativas, SEVEN PSYCHOPATHS vindica una suma de intereses tan descolocadores como osados, dentro de una obra desbordada de modernidad y ganas de cachondeo narrativo. Un reparto espléndido contribuye a que el festín venga servido con la socarrona profesionalidad que requiere el asombroso conjunto.
EL BOSC, de Òscar Aibar
Nota: 2.5
El realizador catalán Òscar Aibar debutó en 2004 con la poco más que curiosa ATOLLADERO. Tras la muy fallida PLATILLOS VOLANTES (2004), hace dos años convenció notablemente con una obra que, pese al reclamo de Santiago Segura incorporando el papel protagonista, pasó muy injustamente desapercibida por el público. EL GRAN VAZQUEZ (2010) venía a reivindicar una más que digna solvencia escénica, mediante la que lograba configurar un sensible retrato de interiores creativos de toda una época de la historia de España, abordando la biografía del inolvidable creador gráfico Manuel Vázquez. Por desgracia, la presente EL BOSC no confirma en modo alguno la línea ascendente que estaba delineando su trayectoria. Su cuarto largometraje es un film sonoramente fallido, que no sabe encauzar con pertinencia la exigente premisa argumental desde la que principia.

Año 1936. Las primeras noticias sobre la Guerra Civil llegan al Matarranya, pequeño enclave agrícola del Bajo Aragón catalán. Allí vive un esforzado matrimonio, junto a su pequeña hija, trabajando los campos de olivos que posee la propiedad familiar de aquel: una vieja masía, que oculta un secreto muy especial dentro de un islote de árboles, situado en la extensión de labranza situada frente a la puerta del hogar. El conflicto bélico impone que las milicias anarquistas se hagan con el poder de la zona y que, de resultas, hagan valer este poder de forma injustamente vengativa. Ramón y Dora intuyen que, tanto el hecho de ser poseedores de la tierra como la ideología antirrevolucionaria de Ramón, les van a granjear serios problemas de integridad. Él se verá obligado a tomar una inquietante, arriesgada e incierta decisión.
Como ya hemos anticipado, EL BOSC padece una evidente quiebra en su configuración. Desde la secuencia de partida, al espectador se le hace partícipe de un dato tan novedoso como arriesgado, que anuncia que el tono dramático realista que impone el marco temporal delimitado por los hechos históricos de fondo –las consecuencias del alzamiento militar franquista en la Cataluña de esos años- puede quebrarse al introducirse un elemento que lo hace confluir con el género fantástico. El recuerdo de EL LABERINTO DEL FANUNO (2006), de Guillermo del Toro, se hace inevitable. Inevitable y lastrador, puesto que Aibar fracasa con estruendo en el mismo lugar en donde el mejicano fue capaz de componer una de sus obras más estimulantes y sólidas. En el film protagonizado por Sergi López y Maribel Verdú la mezcla de texturas narrativas estaba confluida con un celo intensivamente ambiental. Del Toro yuxtaponía emocionalmente la extrarealidad ensoñativa a la dureza dramática en la que se desarrollaban los acontecimientos. Aibar no consigue semejante suma de intereses en un solo momento.
EL BOSC parte de un acartonado costumbrismo descriptivo en el que la imposición de esa oculta línea paralela de realidad más parece una impostura deshilachada que un ingrediente inquietador. El personaje de Ramón, tras la huida, choca contra una flagrante inverosimilitud, pues le toca el imposible papel de hacer pasar por creíble una vicisitud que, además de extravagante, abunda en lo risible. Unos efectos especiales reiterativos e insuficientes (el corpúsculo de luz entre los troncos), unos personajes reducidos a estampas maniqueas y unas soluciones dramáticas insulsas, previsibles y carentes de intensidad trágica contribuyen a que la decepción global sea muy considerable.
POSTCARDS FROM THE ZOO, de Edwin
Nota: 5.5

Curioso y fallido film indonesio el que nos ha traído el realizador Edwin, ganador en el año 2009 del preciado Premio Fipresci, otorgado por ese referente del cine documental e independiente que es el Festival de Rotterdam. POSTCARDS FROM THE ZOO es de esos films que, desde el primero de sus planos, se muestra muy complacido por situarse en el filo de la navaja. Esto es, es de esa clase de riesgos fílmicos que, cabalgados sobre un rápidamente expuesto aliento mágico y lírico, no dejan de mecerse en una historia urdida a golpe de simbolismos, de fugas de lo evidente, de tajantes evasiones, tanto de la realidad como de la imagen misma proyectada en la gran pantalla.
Las primeras imágenes del film nos presentan a una niña perdida en el gran zoo de Yakarta. A continuación, tras un importante salto temporal, asistimos a la observación de la que podría ser esa pequeña unos veinte años después. La joven se llama Lana y es una entusiasta amante de todos los animales del zoo, en especial de una enorme jirafa, a la cual demuestra una sentida predilección. En éste primer tramo del film la narración no existe. El fluido de sugerentes imágenes es acompañado de las curiosas especulaciones y pensamientos que expresa Lana, y de la presentación de unos pintorescos personajes, todos ellos relacionados con la cotidianeidad del zoo. Se va cociendo una extraña reflexión en torno a la acción animal de mirar y de ser mirado: el ser humano, en el fondo, como rareza inconsciente habitando su propia jaula.

De súbito, la aparición de un curioso personaje dará un vuelco a lo expuesto: un extraño mago, vestido de vaquero, que cautivará la atención de Lana, hasta el punto de hacerle abandonar el zoo y seguirlo en calidad de acompañante de sus números. Aquí Edwin abusa de las habilidades que le dispone este personaje: la magia se hace elemento demasiado evidente, puesto que la atmósfera deslizante, ingrávida y sinuosa lograda en el zoológico durante el primer tercio, ahora se patentizan con demasiada facilidad. No contento con esto, el film aún se enrolará en un meandro mucho más estrambótico: Lana irá a parar a un club de masajes para hombres, en el que seguirá acreditando su capacidad ensoñativa, adquirida en el trato humano que le ha dispensado siempre a sus queridos animales cautivos. Edwin depara un curioso paralelismo entre éstos y los clientes de Lana, pero no alcanza a evitar que se tenga la sensación de que lo antojadizo se ha hecho demasiado fuerte dentro de este film irregular, con altibajos, surrealista y forzado, pero que no cabe tildar de insatisfactorio.








