SITGES 2012: David Cronenberg presenta su controvertida Cosmopolis
El austriaco Julian Roman Polsler presenta una plomiza adaptación de THE WALL, la exitosa novela de Marlen Haushofer

COSMOPOLIS, de David Cronenberg
Nota: 8.5
Las ganas de David Cronenberg por reinventarse, por jugar al quiebro y por autoimponerse retos de muy difícil resolución siguen intactas. Al autor de PROMESAS DEL ESTE, dado el inclasificable caudal de territorios por los que transita, le podremos catalogar de muy diversa forma. Eso sí, el único calificativo que jamás debiere ser empleado para referirnos a su larga trayectoria cinematográfica es el de cómodo. El canadiense se complace en renovar, a cada entrega, el colirio de alfileres que le dispone a la atención espectadora de quienes acuden a paladear el gélido sudor afilado en ellas. Cronenberg es propenso al salto en el vacío y, por lo tanto, exige que el espectador en su butaca note, desazonado, el riesgo de esa extraña geometría en el abismo que siempre propone.

Tras el insano y tajante clasicismo que acumulaba su inflexible UN MÉTODO PELIGROSO, el creador de UNA HISTORIA DE VIOLENCIA se zambulle de pleno en el terreno de la alegoría. Partiendo de una novela escrita por Tom DiCillo (que colabora también en el guión del film), COSMOPOLIS nos propone el acompañamiento de un extraño itinerario. La cámara de Cronenberg será absorto e indagador testigo de la ruta emprendida por un joven magnate empresarial, a quien el horizonte inmediato parece empeñado en reportarle muy malas noticias financieras y personales. A bordo de su impoluta y blanca limusina blanca de lujo, el film visualiza el trayecto urbano que éste emprende dentro de ella para salvaguardarse de una más que segura amenaza de muerte. El paseo le permitirá darse de bruces con las protestas ciudadanas surgidas como consecuencia de una brutal crisis económica.
COSMOPOLIS es una nueva muestra de la exigencia creadora de un cineasta que sólo saca su cámara a rodar si su objetivo se adecua a esa fascinante premisa. La película es un Cronenberg en estado puro, duro y milimétricamente simbólico. El itinerario del protagonista condensa una ácida, brutal y desconcertante mirada crítica sobre la crisis económica actual. Lo difícil de esta propuesta anida en la propia naturaleza de la praxis cronenbergniana. Como era de esperar, este mensaje no se sostiene sobre el más mínimo de los pasajes previsibles a este discurso severamente agrio, contestatario y político. Ni muchísimo menos. El realizador lleva esta soflama hacia el perverso, húmedo e inquietante universo de sus particulares querencias.
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El texto de Dicillo le permite zambullirse de pleno en el terreno de lo deslizadamente irreal y metafórico. El joven protagonista simboliza la conciente putridez de los estamentos económicos que han ocasionado el desastre presente. La limusina, la burbuja de marfil en la que han instalado ostentosamente el capricho oneroso, secreto y protegido de sus privilegios. Y el cúmulo de personajes que irán apareciendo a bordo de ella o siendo atisbados desde sus confortables asientos de piel, el reflejo espectral de la desazón que le ocasiona saber que su imperio y su seguridad son mucho menos impenetrables y potentes de lo que él creía. Cronenberg filma su obra más exasperantemente mordaz. Espesa, incómoda, cáustica, elegante y embarrada de portentosos hallazgos textuales, COSMOPOLIS defraudará a quienes esperen un panfleto asimilable. Lo cerebralmente opuesto a semejante desidia encontrarán quienes se atrevan a acompañar al maestro en este viaje.
THE WALL (DIE WAND), de Julian Roman Polsler
Nota: 4
El austriaco Julian Roman Polsler, hay que reconocerlo, no tenía nada fácil arrimar a buen puerto la complicada tarea de adaptar cinematográficamente un referente literario tan difícil como el que da lugar a este largometraje. Se trata, ni más ni menos, que del magnífico texto homónimo escrito por su compatriota Marion Haushofer.

El libro narra la impactante tesitura de una mujer que, en compañía de un matrimonio mayor que ella, se decide a ir a pasar unos días en el refugio de montaña que aquellos dos tienen en un apartado paraje de los Alpes. Nada más llegar, la pareja decide ir hasta el pueblo dando un paseo. La mujer decide acostarse sin estos haber llegado. Su sorpresa será mayúscula cuando, al despertarse a la mañana siguiente, comprueba que no han regresado aún. Es entonces cuando se decide acercarse hasta el pueblo para intentar esclarecer esa ausencia. No podrá hacerlo. De camino tropieza con un inesperado obstáculo: un infranqueable muro transparente y sólido que la deja aislada en ese enclave. Con la única compañía del perro de los amos de la casa, la mujer poco a poco comprenderá que se ha quedado sola en el mundo, encarcelada entre montañas y praderas, al albur de una durísima meteorología.
El film no sabe en ningún momento sortear la máxima dificultad del empeño: la de hacer sostener un film condicionado férreamente por la peliaguda premisa de la existencia de un único personaje. La adaptación de Roman Polsler peca además de querer ser extremadamente fiel al texto original y esto le lleva a abusar hasta el hartazgo de la licencia más recurrente para este tipo de dilemas: la utilización de una voz en off narradora de los hechos y, sobre todo, ayudante en la tarea de dar a conocer al espectador el mundo interior de la persona que habla por medio de aquella.
EL MURO es constantemente anticinematográfica, en tanto que su director no hace que las imágenes de su film se basten por sí solas para exponer los conflictos internos de aquella. Se tiene, la mayor de las veces, la sensación de que lo que estamos viendo es una visualización de un recitado. La imagen actúa de soporte de un texto y no al revés. El monólogo constante apabulla a la autonomía de los planos. Y es una pena por cuanto el texto de Haushofer da para una aproximación diametralmente opuesta a la presente. La aventura interior de la protagonista y la odisea física que le toca ir solucionando daban para una película mucho menos timorata, dócil, repetitiva y plomiza que la lograda por Roman Polsler. Sólo el partido sacado a los impresionantes paisajes enmarcadores de la acción y los esfuerzos de una perfecta Martina Gedeck hacen que el largometraje no sea una pedrada de hielo. La prosa de la escritora es muchísimo más visual que el tedioso resultado en pantalla.








